jueves, 25 de junio de 2015

LAS CRISIS DE EDAD (VI): EL DILEMA DE LA CRISIS DE LOS 50


Hablábamos hace ya algún tiempo que la crisis de los 50 años, y lo repetíamos varias veces, era una crisis existencial. En ella el hombre se planteaba el sentido de su existencia, el porqué de su vida. Y ese plantearse la razón profunda de su existir surgía de enfrentarse a la sensación que iba surgiendo, cada vez más intensa, de la finitud de su vida.

Frente a esta finitud de su vida, el hombre se rebelaba y veíamos que en una gran mayoría aparecía el sentimiento de trascendencia; el sentimiento de que la vida no acaba con la muerte, sino que existe algo más allá y que la muerte es un mero tránsito por el que hay que pasar.


Una vez asentada la creencia en la trascendencia, en la vida más allá de la muerte, esta vida debería ser mejor a la actual. Nadie se siente satisfecho con su vida, muy poca gente aceptará vivir una vida excelente. Antes bien, todos, en mayor o menor mediad, destacaremos, y aquí me incluyo, todos los sinsabores que hemos pasado, todos los puntos negativos y todo lo que podríamos tener mejor en nuestras vidas. Por tanto, si existe una vida más allá de la muerte, por lógica, debemos pensar, que debe ser mejor. Y aquí entra el sentimiento religioso. El que nos hace creer en un trascendencia mejor para todos. El que nos permite confiar que más allá de ese tránsito que es la muerte entraremos un mundo mejor.


He dicho en el párrafo anterior que si existe una vida tras la muerte lo lógico es que sea mejor. ¿Seguro? ¿En qué me baso? ¿Qué me garantiza que eso es así? El que se haya mantenido escéptico a lo que decía tenía razón. No había nada que me lo garantizara. El que exista una vida ulterior no significa que vaya a ser mejor. Salvo por una cosa. Por el sentimiento religioso del que hablábamos antes. Ese sentimiento religioso implica la trascendencia, implica la vida más allá, implica que esa vida más allá es mejor que la actual e implica que existe alguien o algo que rige y garantiza que todo ello es así, y de esta forma el hombre, el Homo sapiens, llega al concepto de Dios. No se trata de la denominación de Dios, ni de la definición de Dios, pues todo ello es constreñir un concepto universal dentro de los límites concretos del ser humano. Se trata de captar la esencia de un concepto global universal.


Por todo ello, hay personas que se vuelven más religiosas cuando envejecen; y al contrario, personas que reafirman sus creencias en la pura biología del ser humano conforme pasan los años. Por tanto la crisis de los 50 es la crisis en la que el hombre debe decidir, sin poderlo retrasar por más tiempo, su actitud frente al mundo que le rodea. Si adopta una postura biologicista y decide que todo acaba con la muerte y la fusión con la naturaleza que le rodea; o si adopta una postura trascendental y decide que la muerte es tan sólo un tránsito hacia otra vida en donde disfrutará de su propio ser en toda su plenitud. Sea una u otra cosa, es una decisión que únicamente podrá tomarla él.



sábado, 20 de junio de 2015

LAS CRISIS DE EDAD (V): EL SENTIDO DE TRASCENDENCIA Y EL SENTIMIENTO RELIGIOSO


A los 50 años el hombre empieza a plantearse qué ha hecho con su vida y qué será de su vida tras su muerte. Paradójico ¿no? Eso es el sentido de la trascendencia a la que me refería en mi última entrada de esta serie sobre las crisis de la edad. Y el nacimiento del sentimiento religioso. ¡Pero cuidado! No para dar explicación a esa necesidad de trascendencia. Sería demasiado simple. Y el Homo sapiens es la especie más compleja que ha pisado la superficie de la Tierra en toda la historia de la vida.


El sentimiento religioso no es la explicación que da el chamán de la tribu, el sacerdote egipcio, griego o romano, el rabí judío, el cura cristiano, el imán musulmán, el lama tibetano, ni cualquier otro representante de la divinidad en la Tierra. Todos ellos poseen una serie de doctrinas, creencias, ritos y liturgias que surgen de ese sentimiento religioso. Pero, aunque esas doctrinas tratan de explicarlo, ese sentimiento les sobrepasa.


El sentimiento religioso nace a la par e indefectiblemente unido al sentimiento de trascendencia en el ser humano. Incluso hoy mismo. Todo aquél que crea en una trascendencia cree en una vida más allá. Y si cree en una vida más allá esa vida no sólo es mejor, sino óptima. Y si esa vida es óptima es porque existe algo, o alguien, que vela y es responsable de que así sea. El hombre, como ser consciente de su propia vida y como ser consciente de su propia existencia no puede aceptar, en la mayoría de los casos, que todo acabe en la muerte biológica, en la podredumbre y desmenuzamiento de su ser en partículas. Esa propia consciencia y esa propia razón le lleva al sentido de trascendencia y al sentimiento religioso.


Aquel que, por el contrario no posee ese sentido de trascendencia, como decíamos más arriba, no posee tampoco el sentimiento religioso. Cree que muestro cuerpo comenzará a destruirse con la muerte cerebral. Que ese es el final. Y no sólo ridiculizará en mayor o menor medida; quizá en ninguna, pues puede ser persona muy respetuosa; cualquier manifestación religiosa, sino que no pensara en ningún momento en la existencia de un mas allá, aunque este más allá no tengan ninguna de las características de las religiones que existen o han existido en nuestro planeta.

El sentido de trascendencia implica, por tanto, que el hombre es algo más que el cuerpo biológico. Que el cuerpo es algo así como el vehículo en el que nos encontramos, la casa que habitamos; pero, sin embargo, somos algo distinto que va más allá, que perdura en el tiempo y que, un detalle importante, merecemos la felicidad. Merecemos un "más allá" feliz. Libre de todos los sinsabores, penalidades y sufrimientos que padecemos en esta vida. Y lo queremos para nosotros y para nuestros seres queridos. No nos basta con nosotros solos. Si alguna de las personas a las que hemos querido durante nuestra vida "terrena" no estuviera con nosotros disfrutando de ese "más allá" ya no seríamos felices. El "paraíso" ya no sería tal para nosotros. Aquí se muestra al mismo tiempo la grandeza y la mediocridad del ser humano. Mediocridad, porque ofreciéndole un paraíso, es aún capaz de rechazarlo si no se aceptan sus condiciones. Grandeza porque esas condiciones son precisamente el compartir el paraíso con sus seres queridos.



martes, 16 de junio de 2015

CUEVAS (II): CUEVA DE LAS MARAVILLAS

La primera cueva kárstica que visité se halla al sur de la península Ibérica, concretamente en la provincia de Málaga, en Nerja. Se encuentra a las faldas de la sierra de Almijara, la cuál se encuentra cercana al mar. Todo ello en una comarca conocida como la Axarquía, con zonas de bancales donde se cultivan vides, olivos y almendros. También nos podemos encontrar con calas de aguas de azul intenso, habiendo sido alguna de ellas, como la del pueblo de Moro declaradas Paraje Natural. No es de extrañar que fueran una de las zonas más apreciadas por los árabes durante el tiempo que estuvieron en la península, y que sirviera de área de recreo y descanso para sus dirigentes cuando éstos querían distanciarse de los asuntos de la corte, en Córdoba durante los primeros siglos, y más tarde en Granada.



Mi visita, más cercana en el tiempo por supuesto, data de la época del colegio. Se trataba de la excursión en que se finalizaba el ciclo escolar de enseñanza general básica, la antigua E.G.B.


El destino era Granada, y en el viaje de ida se hizo una parada para visitar las cuevas de Nerja. Allí nos enseñaron las mismas y, entre el guía y alguno de los profesores, se esforzaron por hacernos entender la importancia y la belleza de las mismas ¡Ardua tarea! Intentar captar la atención de un grupo de treinta adolescentes que estaban hartos de recibir conocimientos a lo largo del año lectivo y que en esos momentos, tras un largo viaje en autobús, de lo único que tenían gana era de jarana. aún así, nos impresionaron las grandes salas y las formaciones que gota a gota, a lo largo del tiempo, habían ido dando lugar a estalactitas, estalagmitas y otra serie de figuras que podían simular, de manera más o menos realista o imaginativa, a elementos de nuestra vida diaria.



Años más tarde, volví a visitarlas. En este caso en un viaje familiar, con mis padres. Esta vez sin guía, y pudiéndonos parar a contemplar aquello que más nos llamaba la atención. Quedamos admirados, no solamente de las formas que el agua había ido esculpiendo a lo largo del tiempo, sino de la magnificencia de las grandes salas que formaban un espectáculo de la naturaleza. Aquel viaje pillaba al autor de estas letras más maduro, más crecido, más dispuesto a contemplar las maravillas que encerraban este tipo de estructuras naturales.



Y precisamente cueva de las Maravillas es como se denominó a la cueva de Nerja cuando se produjo su descubrimiento en 1959. Al poco, dándose cuenta de la excepcionalidad del complejo de cuevas ante el que se estaba, la Delegación de Excavaciones Arqueológicas de Málaga habilitó una entrada y un recorrido para su visita. Y el 15 de junio de 1961 era declarada Monumento Histórico Artístico. Pero quizá estamos avanzando un poco rápido. Los hechos de su descubrimiento merecen dedicarles unas líneas. Pero esto será tema para la próxima entrega.

Mientras tanto, quedémosnos a la puerta de la cueva, recibiendo la brisa marina mediterránea.



sábado, 13 de junio de 2015

GÜNTER GRASS Y EL AMOR

He dedicado varios posts a Teresa de Calcuta y a sus pensamientos. Pero esta vez, para hablar del amor, voy a tener como referencia a un escritor, fallecido recientemente. Un escritor al que todo el mundo admiraba, que era un referente de la literatura contemporánea, que recibió el premio Nobel de Literatura y también el premio Príncipe de Asturias de las Letras a finales del siglo XX. Y un escritor que desde unas confesiones suyas en un libro publicado en 2007, fue centro de polémica. Günter Grass, que es el escritor al que me refiero, perteneció a las Wafen SS, uno de los cuerpos más despiadados de las SS, durante la II Guerra Mundial. Y, además, a sus 17 años de aquel entonces, cometió el pecado y la equivocación, pues todo pecado tiene una parte de equivocación, de presentarse voluntario para formar parte de ese cuerpo de ejército.

Según dice en su libro, se presentó voluntario para defender a su país ante la invasión en ese momento de las tropas aliadas. Siempre según su confesión, sólo participó en acciones bélicas, nunca en los actos de represión, por decirlo de forma suave, que realizaron las SS sobre la población y sobre los prisioneros de los desgraciadamente famosos campos de concentración nazis. Sin embargo, la polémica ya estaba servida. No sólo no se le perdonaba el haber pertenecido a las SS, sino también el haberlo mantenido "en secreto" durante tanto tiempo. Una de las mentes privilegiadas del siglo XX había caído de su pedestal.

Por eso, el encontrar en una de mis múltiples lecturas, dentro de un artículo referido al amor, una poesía de Günter Grass dedicada a ese tema, me llamó la atención. Me resultaba curioso que un autor que había destacado, a lo largo de toda su producción literaria, por presentar a la sociedad de la segunda mitad del siglo XX un retrato de sí misma, haciendo hincapié en los problemas que acuciaban a dicha sociedad, hablara sobre el amor.

Al leer dicho poema, me encontré con la descripción de lo que consistía el amor en nuestra sociedad actual. Fiel a su estilo, Günter Grass no define el amor como un sentimiento. En su composición va enumerando una serie de situaciones cotidianas que son las que nos permiten ver, de forma fidedigna, los hechos de amor. No es necesario ningún príncipe azul montado en un caballo blanco. El amor llega en las cosas sencillas del día a día. Y el amor permanece, día a día, hasta la vejez. Así nos lo hace ver Günter Grass en la última estrofa.

Una imagen vale más que mil palabras. Pero las últimas palabras del poema nos transmiten la imagen de un sentimiento que es imperecedero y que va más allá de palabras e imágenes.


Amor es esto:
Transacciones sin efectivo.
La manta siempre un poco corta.
El contacto flojo.

Buscar más allá del horizonte.
Rozar con cuatro zapatos las hojas muertas
y frotar mentalmente pies desnudos.
Arrendar y tomar en arriendo corazones;
o en la habitación con ducha y espejo,
en un coche alquilado, con el capó hacia la Luna,
dondequiera que la inocencia se baja
y quema su programa,
suena la palabra en falsete,
cada vez diferente y nueva.

Hoy, ante la taquilla aún cerrada,
susurran, de la mano,
el avergonzado viejo y la vieja delicada.
La película prometía amor.

GÜNTER GRASS


martes, 9 de junio de 2015

LAS CRISIS DE EDAD (IV): LOS 50 Y EL SENTIMIENTO DE MUERTE


La crisis de los 50, a diferencia de la crisis de los 40 en la que se trataba más de una autoafirmación del propio ser humano, es más de tipo existencial. No se trata de volver a ser el ser joven y triunfador que se fue o que se podría haber sido veinte años atrás. No se trata de enfrentarse al paso del tiempo, hacer un quiebro a la vida y sentirse nuevamente con el poderío físico y funcional de los veinte o veinticinco años. La crisis de los 50 años, más bien, comienza cuando el ser humano toma consciencia de su finitud. De que forma parte de un organismo vivo en un planeta llamado Tierra; y que, como todos los organismos vivos, tiene un final.


Un final al que está abocado, diríamos que sentenciado. Un final que le iguala al resto de los seres vivos. Un final que es la muerte. Pero, por desgracia, y como gran diferencia con el resto de los seres vivos, el hombre, el Homo sapiens, es consciente de ese final. Tan consciente que lo ha podido estudiar en todos sus entresijos biológicos. La parada del corazón. La muerte cerebral. De hecho, hasta existe una disciplina, la tanatología, que estudia todo aquello relacionado con la muerte. Podría decirse que el hombre, al ser consciente de la muerte como final de la vida tal y como la conocemos en este planeta, le ha preocupado, le ha obsesionado el saber todo lo posible para poder "vencerla".

"Vencer" a la muerte. Desde la noche de los tiempos, desde las cavernas donde el "brujo" cantaba sortilegios sobre el cazador herido o el niño con calentura hasta hoy con nuestras avanzadas técnicas de resonancia magnética que nos permiten descubrir alteraciones anatómicas en zonas de difícil acceso incluso con técnicas quirúrgicas, el hombre ha tratado de curar las enfermedades como una de las formas de vencer a la muerte. Y se han conseguido grandísimos avances. La esperanza de vida ha aumentado de 20-30 años hasta los 80 años. Enfermedades que suponían una muerte segura hace 50 años, ahora se curan, o en el peor de los casos se convierten en crónicas. Por todo ello nos debemos felicitar. Pero no nos equivoquemos. No hemos vencido a la muerte. Hemos conseguido una prórroga. La muerte, implacable, llega.

Quizá uno de los grandes miedos a la muerte es saber si todo se queda ahí. Biológicamente sabemos que sí. Los estudios, los cementerios, las necrópolis, incluso la gran cantidad de fósiles de otros seres que vivieron hace millones de años así lo demuestran. Sin embargo, esa misma consciencia del hombre sobre su propia finitud "biológica" hace que se pregunte sobre si no existirá algo más. Sobre si no habrá un más allá, otro tipo de existencia distinta. Y aquí entra otro de los grandes temores del ser humano. Su incertidumbre sobre la muerte. La consciencia del ser humano hace que éste se sienta algo más que un ente biológico. Por tanto, le cuesta mucho pensar que el final sea el final biológico de su cuerpo. Y, de forma inconsciente, salvo aquellos que han interiorizado profundamente el fundamento biológico de la vida, piensa que debe existir una continuidad. Que la muerte no es el final, sino más bien un tránsito hacia otro tipo de existencia. Y es precisamente ese miedo a no saber lo que hay más allá uno de los motores del ser humano. Porque ese miedo es uno de los orígenes del sentimiento religioso en el hombre, en esa especie racional que habita el planeta Tierra, el Homo sapiens.