miércoles, 26 de abril de 2017

LCP Cap. 58: LA INCURSIÓN MILITAR MAASAI


Había una actividad frenética en la manyatta. Se habían reunido los morani de toda la zona que cubría Obago. Éste, junto con Kanyi y el consejero maasai, estaban terminando de planificar el ataque a la aldea wacamba y el robo de ganado de la misma. Los exploradores que habían enviado traían malas noticias. Los wacambas estaban alerta. Tenían vigías alrededor de la aldea y veían las chozas iluminadas más de lo habitual, con más movimiento de gente entre ellas de lo que era normal.

-Nos esperan. -dijo el consejero.

-Habrá que pensar en usar el sigilo y... -Obago fue cortado en su razonamiento por Kanyi.

-O lanzar un ataque directo y aplastante.

Estuvieron discutiendo así un buen rato hasta que por fin se pusieron de acuerdo. Lo principal era neutralizar a los wacambas que estaban de guardia, e inmediatamente lanzar el ataque. Mientras se desarrollara la batalla, los morani especializados en conducir el ganado fuera de la boma del enemigo, lo sacarían y se lo llevarían hacia su terreno. Una vez que decidieron así el plan de ataque, se lo transmitieron a los morani que estaban allí congregados.


Los morani que se habían preparado como fuerzas de choque se habían pintado con tiza blanca, tinte ocre o pintura negra, tanto el cuerpo como la cara; se adornaban unos con plumas de avestruz, otros con la melena de león; y portaban sus armas, la lanza, la espada corta o machete, y el escudo ovalado de cuero. Se agruparon todos y a una señal de Kanyi se dirigieron a la aldea wacamba. Obago quedó en la retaguardia con algunos otros maasai.

Estos maasai eran considerados como los cirujanos. Habían estudiado anatomía en el ganado, los huesos, los músculos, los tejidos. Llegaban a dominar técnicas como la amputación de miembros y la sutura de heridas mediante nervios de vaca, obteniendo resultados muy favorables tanto para la curación de la herida como para la funcionalidad del miembro.

El grupo guerrero llegó dónde se encontraba la aldea wacamba. Esperaron silenciosos, agazapados, confundidos entre los arbustos. Fueron los exploradores. los que antes habían reconocido la zona, los que se ocuparon de los vigías. Sólo que uno de ellos acertó a lanzar un gemido lo suficientemente fuerte como para alertar al resto de los hombres de la aldea.


En ese momento se desencadenó la tormenta humana. Un estruendoso vendaval de gritos, carreras, armas brillantes, se abatió sobre la aldea. A este ataque los wacambas reaccionaron con palos, flechas y espadas y la batalla se fue haciendo más y más cruenta. Kanyi intentó que los morani rodearan el ganado para facilitar la labor de los pastores, pero los wacambas presentaron una defensa encarnizada, no permitiendo dicha acción. La lucha se prolongó durante algún tiempo, sin avances en uno u otro sentido. Al darse cuenta de ello, Kanyi ordenó la retirada, con una parte del ganado, aquel que podían llevar con ellos, dejando atrás otra parte, en manos de sus legítimos dueños, los wacambas, los cuales lo habían defendido tan valientemente.

El grupo de morani se retiró, dejando atrás a varios muertos, y llevando entre sus filas a varios heridos. Y sin haber obtenido toda la cantidad de ganado que pretendían. Al menos conducían un rebaño lo suficientemente importante como para poder cumplir con las familias de los muertos en combate, a quienes correspondía una parte del botín; con el laibón, a quién correspondía otra parte; y así sucesivamente.

Cuando llegaron a la manyatta, enseguida se distribuyó a los heridos y tanto el laibón como los cirujanos se pusieron a realizar su labor. Las heridas se cosían, se valoraba si era necesaria alguna amputación, cuando, de pronto, llamaron al laibón:

-¡Por favor! ¡Creo que necesita amputar! ¿Querría confirmármelo, laibón? -era uno de los cirujanos más experimentados.

Obago fue de inmediato. Vio la herida. El corte llegaba al hueso y seccionaba varios de los vasos principales. El morani se estaba desangrando. Se podía considerar un milagro que estuviera vivo.

-¡Corta! -fue la orden taxativa que dio Obago.

El cirujano procedió de inmediato al proceso de amputación, con el que intentaría parar la hemorragia que estaba sufriendo el morani y de esa forma salvarle la vida.

Obago, por su parte, dirigió su vista al morani para decirle lo que iban a hacer y darle palabras de alivio, pero al verlo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Aquel morani era Mwampaka, el hijo de Ikoneti.


martes, 18 de abril de 2017

LCP Cap. 57: LA PREPARACIÓN DE UNA INCURSIÓN MAASAI

Mi última entrada en este blog es del 26 de marzo. Hace casi un mes. He estado muy atareado. La labor de promoción de mi novela, PERTURBACIÓN, de dar a conocer la misma por los distintos ambientes en los que me muevo, incluidas las redes sociales, ha hecho que el paréntesis que se ha producido en este blog haya sido muy superior al que yo había deseado en un primer momento. De hecho, incluso otra serie de labores de tipo intelectual que debían haber sido realizadas han quedado suspendidas por la ardua, sistemática y cansina tarea de promoción de la novela.

Ahora espero haberme descargado un poco de todo ello. Las fechas de las presentaciones de mi novela están ya cerradas, casi por completo (22 de abril, Toledo; 29, Fuenlabrada; 5 de mayo, Ciempozuelos; y 13 de Mayo, nuevamente en Madrid). Por lo tanto, la labor de marketing está ya realizada y tan sólo queda acudir a las mismas. O al menos, así creo yo.

Me queda, no obstante, escribir una entrada en que os muestre unos ejemplos de las distintas reseñas que me han ido llegando de la novela, de las distintas opiniones que los lectores han ido vertiendo en los distintos medios, para que aquellos que no estén aún animados, os dé el pequeño empujón necesario para comprarla. Eso quizá será en la próxima entrada.

Hoy vamos a recuperar nuestra aventura indígena. Hoy vamos a continuar con LA CULTURA DE LOS PUEBLOS. Seguimos intentando conocer la cultura Maasai. Tal como nos hemos propuesto, la queremos conocer a través de la mirada de dos niños que se están haciendo adultos, Lengwesi y Makutule. Dos niños, nacidos en un Enkang, en un poblado masai, y que van a vivir las distintas etapas de infancia, juventud y madurez tradicionales de su etnia.


Con otros pueblos la mirada ha sido más o menos científica. Aquí la hemos querido hacer más literaria, más cercana. No sé si se habrá conseguido. Como suelo decir. Estoy en vuestras manos, vosotros sois los que decidís si se ha logrado o no. Y sin más preámbulos, pasemos al siguiente capítulo de LA CULTURA DE LOS PUEBLOS.


Obago recibió la visita de Ikoneti en su choza.

-Aquí me tienes, Laibón. -la relación entre ambos seguía igual de respetuosa y distanciada que antes de la adopción de Makutule- ¿Para qué me querías?

-Hemos perdido algunas cabezas de ganado por enfermedad. He consultado con Ngai y en sueños he recibido la respuesta. -Ikoneti escuchaba atentamente. Obago prosiguió- Estoy reuniendo a los morani para hacer una incursión en los rebaños de los wakamba vecinos y obtener de ellos el ganado que necesitamos.

Foto de http://www.conserventures.org

Los Maasai se sienten con el derecho de apropiarse del ganado de otras tribus vecinas porque, según su religión, Ngai, su Dios le concedió a su pueblo todo el ganado de la tierra para el cuidado del mismo. De forma regular, organizaban expediciones para robarlo a los pueblos vecinos. Estas expediciones las realizaban los morani, aunque eran planificadas por un comandante y un consejero. Ikoneti, sin embargo, no se hallaba muy de acuerdo con ellos. El hombre blanco había alcanzado sus posesiones hacía más de cincuenta años y cada vez sometía a más presión sobre el pueblo Maasai y sus costumbres.

-¿Crees que es adecuado? -preguntó.

Obago levantó la vista del recipiente en el que estaba moliendo unas hierbas y la fijó en el hombre que tenía frente a él.

-¿Por qué preguntas eso?

-El hombre blanco está cerca. Tiene armas más poderosas que las nuestras. Viene para quedarse. Cualquier altercado de este tipo es una excusa para él para penetrar en nuestras tierras e imponer su modo de vida. Deberíamos andar con mucho cuidado y procurar llamar lo mínimo la atención.

-¿Estás diciendo que nos refugiemos en las manyattas como cobardes? -preguntó Obago molesto.

-Estoy hablando de actuar con inteligencia. Su poder es muy fuerte.

-¿Más que el Maasai? ¿Más que el del hombre que mata al león con una lanza? -esta vez Obago estaba enfadado.

-No te enfades, laibón. -Ikoneti se dirigió a Obago por su título en señal de respeto- No hablo de valor. Un Maasai siempre valdrá más que cualquier hombre blanco. Hablo de qué si algún día se produjera un enfrentamiento entre el pueblo Maasai y el hombre blanco, este choque se produzca lo más tarde en el tiempo que sea posible.

Tal como dice el mapa: "Rutas de guerra conocidas de los Maasai por Gregory en 1895. Los Maasai también realizaban incursiones regularmente al sur y al oeste." Foto de agrabbagofgames.wordpress.com

Obago reflexionó. Ikoneti tenía razón. Pero la incursión actual no se podía parar.

-Tendré en cuenta tu punto de vista. Pero la expedición actual ya no es posible detenerla. Hay ya un grupo de morani aislados en el bosque alimentándose de carne y sopa, bebiendo sangre de acacia y privándose de compañía femenina, tal y como debe hacerse previo al enfrentamiento. Me faltan tus guerreros y los de Olumoto.

-¿Quién dirigirá la expedición? -preguntó Ikoneti.

-Kanyi.

Kanyi era uno de los grandes comandantes del pueblo Maasai. Desde que eran moranis, la rivalidad había surgido entre Ikoneti y él. Primero de forma larvada y después, al ir creciendo poco a poco, terminó estallando en un enfrentamiento al final de una de estas incursiones. Si no hubiera sido por la intervención de Obago la situación habría acabado en un baño de sangre. Desde entonces Ikoneti se había dedicado al ganado, a hacer crecer su riqueza y a sus hijos, y despreciaba, de forma cada vez más intensa, la actitud violenta de su compañero Kanyi, pues los dos pertenecían al mismo sistema de edad, a la misma generación. Y los dos estaban condenados a encontrarse y a enfrentarse.

Obago captó de inmediato el gesto de disgusto que se formó en el rostro de Ikoneti.

-No te preocupes. En mis sueños he visto que todo saldrá bien.

-Será la primera incursión para Mwampaka.

El hijo de Ikoneti, que había guiado a Makutule y Lengwesi en sus primeros días como pastores, ya había pasado el emorata, el rito de la circuncisión, y ya se había convertido en un guerrero morani, tal como deseaba desde tiempo atrás.

-Saldrá bien parado. -le dijo Obago sonriendo, procurando transmitirle tranquilidad- Si no hubiera visto el éxito de la expedición, no la habría aconsejado.

Ikoneti asintió con la cabeza.

-Te enviaré a mis morani. Y no tendrás queja de ellos en la lucha.

-Lo sé, Ikoneti. Lo sé.

Combate Maasai. Foto de http://www.bush-adventures.com

domingo, 26 de marzo de 2017

LCP Cap. 56: LAS RELACIONES SEXUALES EN EL PUEBLO MAASAI

Frutos de la planta conocida por los Maasai como Olamuriaki. Foto de Max Lemayian

Tras la despedida del morani, a Makutule le quedaban muchas dudas, y empezó a preguntar. La primera era la más obvia.

-¿Qué hierbas le has dado para curarle a él y a todos los de su manyatta?

-Onyokie, pero también puedes usar olkokola, elmakutukut, y olamuriaki.

-¿Y esa enfermedad sale de la compañía de mujeres?

-Sí, Makutule.

-¡Pues no lo entiendo! He estado muchos años en compañía de mi madre, que es una de las mujeres más experimentadas que conozco, y a mí nunca me ha salido pus por el pene.

Obago lanzó una sonora carcajada. Recordó que Makutule estaba justo al borde de esa edad en que aún se ve al sexo opuesto como simple compañero de viaje, madres, tías, hermanas, abuelas si había suerte de verlas vivir. Pero pronto empezaría a notar otras cosas. Quizá habría llegado el momento de explicárselo.

Cráter del Ngorongoro, con las nubes cubriéndolo. Foto procedente del blog trekearth.com

Se sentó a la entrada de su cabaña, frente al paisaje que le brindaba la meseta de Maasailand, y le dijo:

-Ven, Makutule. Siéntate a mi lado.

El chico lo hizo.

-Cuando el morani ha hablado, cuando hemos hablado, de la compañía de las mujeres, no nos referíamos precisamente a la compañía que te hacía tu madre, antes que empezaras a ser pastor, o a la de tus hermanas jugando en el enkang.

-¿No? ¿Entonces? -preguntó Makutule.

-¿Sabes lo que quería decir cuando te he hablado de la unión de un hombre y una mujer?

-Creo... que... sí. -Makutule no quería reconocer su ignorancia. Obago, al notarlo, le retó.

-Muy bien. Pues entonces, cuéntamelo.

Joven maasai, Kenya. Foto de Johan Gerrits

-Pues que cuando un hombre se acuesta con una mujer varias veces, al final, la mujer queda preñada de un bebé. -relató Makutule de forma dubitativa.

-¿Y nada más? -siguió preguntando Obago.

-¿Qué quieres decir?

-¿Por qué cuando se acuestan un hombre y una mujer, y no cuando lo hacen dos hombres o dos mujeres?

Makutule estaba cada vez más perplejo. No sabía lo que le quería decir su maestro. Y esta última pregunta le dejó sumido en una profunda confusión. Lo había visto tan natural que nunca se lo había planteado, era algo que siempre había dado por hecho, como el respirar o el comer.

Obago, al ver el aturdimiento del muchacho, comenzó a explicarse.

-A ver, Makutule. Tú sabes que existen diferencias físicas entre el hombre y la mujer, ¿no?

-Sí, padre. Son... -iba a comenzar a decirlas, pero Obago levantó la mano, indicándole que no era necesario.

-No. Demasiado sé que las sabes. Ahora me toca hablarte de la razón por la que existen esas diferencias físicas.

-¡Si también las sé! -protestó el chico.

-No del todo, aprendiz de laibón, no del todo.

Makutule hizo un mohín de desagrado. No le gustaba fallar, pero menos le gustaba saber las cosas a medias. Cuando creía que sabía algo al completo se sentía tan orgulloso que cuando Obago le mostraba sus carencias, no podía evitar una reacción de disgusto y rebeldía.

-Te queda saber porque tu miembro viril se endurece al ver a una chica que te gusta.

Makutule sintió que le subía calor por la cara y que sus pabellones auriculares aumentaban de temperatura. Bajó los ojos, y Obago, que notó la reacción del muchacho, prosiguió.

-He acertado, ¿verdad?

-Sí, pero eso, ¿qué tiene que ver con que la mujer quede embarazada?

-Pues que necesitas un miembro bien duro para que ella quede encinta.

Makutule volvió a reaccionar tímidamente. Bajó la cabeza, emitió una risita nerviosa y notó como si de sus orejas saliera fuego.

-Te lo explicaré. -comenzó Obago.

Foto del blog venusrex,blogspot.com.es
El laibón empezó a contarle a Makutule directamente todas las reacciones fisiológicas que sufría el cuerpo de la mujer y del hombre en el caso que se diera la atracción física entre ambos. Describió con todo detalle cómo se comportaban ambos aparatos genitales, masculino y femenino, y lo que es más difícil, lo que sentían ambas personas en ese momento de atracción sexual.

Acto seguido, le describió el acto sexual. La unión del hombre y la mujer. La función que debía realizar su miembro. Cuál era la parte que le correspondía al receptáculo femenino. Y le narró todo el disfrute que podían alcanzar ambos en ese momento supremo. Y le añadió que justo por ser el momento de máximo disfrute entre dos seres humanos, justo entonces es cuando Ngai, el dios supremo de todos los Maasai, había dispuesto que se produjera la creación de un nuevo ser. Ese nuevo ser sería el culmen, el fruto, de ese momento mágico, de ese momento supremo que se llega a alcanzar entre dos seres humanos.

-Entonces, padre, -cortó Makutule la narración- ¿no siempre se alcanza ese momento supremo? Pues no siempre la mujer queda embarazada.

-Bien visto, Makutule. Por eso, para nosotros, los hijos son una bendición. -Makutule se puso algo triste. Obago, que adivinó sus pensamientos, añadió- Incluso los adoptados.

Obago le dio un pescozón cariñoso en la cabeza y el muchacho volvió a sonreír. El laibón regresó a su narración, contándole esta vez las costumbres de su pueblo. Cuando una mujer alcanza la pubertad y es circuncidada ya puede casarse, pero hasta el momento en que se case, tiene total libertad para mantener relaciones sexuales con guerreros jóvenes. Incluso casada, puede tener relaciones con compañeros del mismo grupo de edad de su marido, y también con antiguos conocidos o novios. Eso sí, los hijos, aunque fueran concebidos fuera del matrimonio, se consideran pertenecientes al marido y a su familia.

Las jóvenes viven en el enkang del padre hasta que se casan, y como pudo comprobar Makutule, no solamente la poligamia, que ya la había visto en su padre, sino la promiscuidad sexual, tanto masculina como femenina, estaba aceptada sin cortapisas en la sociedad Maasai. Por último, Obago le habló de la importancia que entre su pueblo se daba a la belleza física, de tal forma que le aconsejó que cuando quisiera enamorar a su primera mujer, estuviera bien atento a su apariencia y a su cuidado personal.

-Y ahora, pequeño laibón, -concluyó Obago- ve a descansar. Por hoy creo que has tenido bastante.

-Sí, padre. -contestó Makutule.

Tanto se había alargado la charla que la luna se encontraba ya colgada en el horizonte, cuando el muchacho salió de la choza del laibón.


sábado, 18 de marzo de 2017

LCP Cap. 55: LOS MAASAIS Y LAS ENFERMEDADES VENÉREAS

Guerrero Maasai. Foto de David Lazar.









Uno de los días en que fue llamado a la choza de Obago, Makutule se encontró en la puerta de la misma con un morani. El guerrero era alto, fuerte. Su musculatura estaba esculpida como las estatuas de los dioses griegos. No le sobraba ni un gramo de grasa. La majestuosidad de su porte y su imponente estampa, reflejada en el azul de la mañana impresionaron al aprendiz de laibón. El morani tenía adoptada una postura que usaban muchos de ellos, la postura de garza. Decían que esa postura les permitía otear el horizonte mientras descansaban de sus marchas o de sus ejercicios guerreros. Makutule disminuyó el ritmo de sus pasos y, descendiendo algo la cabeza ante el morani, en señal de respeto, entró a la choza.











Postura de la garza que adoptan los guerreros Maasai para descansar y otear el horizonte

Allí le estaba esperando Obago, que como solía hacer la mayoría de las veces, tras saludarle, le indicó que se colocara estratégicamente en un lugar para no perder comba de nada de lo que iba a ocurrir allí dentro. Makutule, como solía hacer, obedeció. Obago pidió al morani que pasara. Éste entró en la choza, dejando sus armas al lado de la entrada de la misma, tal como le indicó Obago. Pero cuando Obago le preguntó la causa de su consulta, miró a Makutule y dijo despectivamente:

-¿Delante de un niño tiene que hablar un morani?

Makutule miró a Obago. Éste no perdió la serenidad y respondió:

-No es un niño. Es un laibón como yo, que está aprendiendo la parte de curación que no da Ngai.

-Mi dolencia es de hombres, no de niños. -dijo el morani.

-Y el que ves aquí con nosotros no es un niño. Es un laibón, conociendo al pueblo al que va a tener que cuidar. -continuó firme Obago, sin perder la serenidad.

El morani volvió a mirar a Makutule con aires de superioridad. Miró a Obago. Dudó unos instantes. Por fin, dijo:

-Sólo oirá y verá.

-Sólo tenía previsto que oyera y viera. -contestó Obago, que no había perdido la sonrisa en ningún momento. El morani aun esperó un poco. Seguía dudando.

-Nadie lo sabrá. -volvió a pedir con voz autoritaria, de forma que más que una petición, sonaba a una orden.

-Nadie. -dijo Obago, y miró a Makutule haciéndole una señal con la cabeza. El muchacho, que estaba concentrado en la disputa entre ambos hombres, tardó un poco en entender lo que le quería decir su maestro, pero al final supo lo que le quería indicar, y afirmando ostensiblemente con la cabeza, dijo:

-Nadie. Absolutamente nadie.

-Bien. -el morani se relajó por primera vez desde que entró en la tienda.

Obago le pidió que se sentara, pues toda la conversación anterior la había mantenido de pie. El guerrero se sentó frente a Obago, y cuando el ambiente estuvo más distendido, el laibón le preguntó por su dolencia. El morani comenzó su historia.

-Desde hace unos días me sale pus por la punta del pene. Al orinar me escuece un montón, y duele. Así empezó todo. Después me dí cuenta que si antes de orinar me lo apretaba y expulsaba la pus, el dolor y el escozor era menor.

-¿Y cuánto tiempo te viene pasando? -preguntó Obago.

-Unos siete u ocho días.

-¿Has estado en compañía de mujeres?

-En la manyatta. Hace unos diez días o más. Después he salido a recorrer toda la región.

-¿Han sido las mismas de siempre o ha habido gente nueva?

-Había nuevos morani en la manyatta, y para celebrar su ingreso, vinieron todas sus hermanas. -el morani hizo un gesto pícaro hacia Obago, éste asintió haciéndole ver que le había entendido- La fiesta duró varios días.

-Y las hermanas de los nuevos morani eran muy experimentadas, ¿me equivoco? -preguntó Obago, con una sonrisa sarcástica. El morani, que no había captado la intención ni el tono del laibón continuó.

-¡Cómo lo sabes! Había una en concreto. -de pronto miró a Makutule y calló- Bueno, ya me entiendes.

-Sí, creo que sí. ¿Cuando vuelves a tu manyatta?

-Cuando acabe el recorrido. En diez o doce días.

-Me temo que vas a tener que regresar antes, mucho antes. -el guerrero miró con sorpresa a Obago- Tengo que confirmarlo, pero creo que has cogido una enfermedad muy contagiosa, traída por esas hermanas -recalcó lo de "hermanas"- de tus nuevos compañeros. Y tienes que llevarles la cura, a todos tus compañeros, y a las "hermanas", por supuesto.

El morani quedó sorprendido.

-¿Cómo?

-¿Me dejas que lo confirme? Sólo necesito ver el pus.

Gonorrea. Foto procedente del blog
onformacionsobreits.blogspot.com.es de Lourdes Marcelis
El guerrero afirmó con la cabeza y, a una señal de Obago, dejó al aire sus partes pudendas. Obago indicó a Makutule que se acercara. Una vez éste estuvo más cerca, Obago cogió el pene del sorprendido guerrero y lo empezó a exprimir. Al poco empezó a salir por el orificio de la uretra una sustancia mucopurulenta, de mal olor y peor aspecto. Obago enseñó a Makutule.

-Ves, pequeño laibón. Esta sustancia es parte de una enfermedad que se transmite cuando se unen un hombre y una mujer, y uno de ellos la tiene en su interior. Hay que tratarla lo antes posible, porque si no, pueden producirse terribles complicaciones.

El morani escuchaba atentamente la lección de Obago, más aun que el propio Makutule, que no perdía ripio. Obago prosiguió con su lección.

-Si no se trata, puede inflamar los conductos por donde sale el semen, y hacer al hombre estéril. Puede provocar el crecimiento de una bola en la base del pene que impida al hombre orinar, y haya que agujerear su tripa para sacar la orina. -el morani iba abriendo los ojos progresivamente- El pene se puede inflamar y puede doler de tal forma que cualquier leve roce sea inaguantable, incluso para el más valiente de los morani. Y si no se tratan a todos los que lo tienen, la repetición de la enfermedad hace que, al final, los aparatos de la procreación se atrofien y no sirvan.

-¡Laibón, -cortó el morani- dame inmediatamente el remedio y yo se lo llevaré a todos mis compañeros y a las hermanas que están con nosotros!

Obago le miró. La sorpresa, incredulidad y temor que había sentido momentos antes, se habían trocado en el morani en determinación y firmeza. Sus ojos mostraban toda la decisión de un guerrero maasai presto a la batalla. Obago sonrió amablemente al morani.

-No dudes que lo haré. Y lo voy a hacer ahora mismo.

Obago se levantó, fue hacia donde almacenaba el amasijo de hierbas que solía recoger en sus salidas por la sabana, y cuando estaba escogiendo entre ellas, paró un momento, se volvió y miró a Makutule.

-¡Pequeño laibón! ¿Qué haces que no estás aquí?

Makutule, que se había quedado ensimismado con todo lo que estaba ocurriendo delante de él, fue rápidamente al lado de Obago. Éste siguió escogiendo hierbas, haciendo montones, atándolos y apartándolos. Cuando ya creyó tener todo listo, con ayuda del chico, cogió todas las hierbas y las acercó al morani.

-Tenéis que tomar infusiones de éstas hierbas hasta que desaparezca el pus de vuestros penes. Tanto los que tenéis la enfermedad como los que no. Tenéis que tomar las infusiones el mismo número de días. -e intensificando el tono de voz- Y vuestras hermanas también lo tienen que tomar. El mismo número de días. -recalcó esto último.

El guerrero recogió todas las hierbas y agradeció a Obago su labor.

-Me aseguraré de que todo se haga como dices, laibón.

Y con los saludos de rigor, se despidió de ellos, comenzando su marcha hacia el horizonte de la sabana.

Pero a Makutule le quedaban muchas cosas por preguntar.

Guerrero Maasai en el P. N. del Masai-Mara. Foto procedente del blog
 iconoadnspain08.blogspot.com.es de Manuel Iglesias Fernández
Sin embargo, queridos amigos de LA CULTURA DE LOS PUEBLOS, para saber todas las dudas que a Makutule le había sugerido esta nueva enfermedad que Obago le enseñó ese día; para conocer las respuestas que el sabio laibón le va a dar a nuestro aprendiz, será necesario esperar a la próxima entrega de esta serie en que nos queremos adentrar en la cultura de los pueblos indígenas y que, en el caso de los Maasai, estamos intentando hacerla mucho más amena presentando la vida de dos protagonistas, Makutule y Lengwesi, desde su niñez.

Por cierto, para quien no lo haya adivinado todavía, la enfermedad es -tal como está indicado en la tercera foto- la gonorrea.

Hasta la próxima ocasión, queridos amigos, nos vemos en la red.

viernes, 10 de marzo de 2017

LCP Cap. 54: LA ADAPTACIÓN A LA VIRUELA DE LOS MAASAI (II)

Conjunto de chozas Maasai, en el interior de un Enkang o poblado.

Cuando Obago y Makutule se acercaban al enkang que era su destino, el niño notó algo raro:

-Hay mucho silencio, ¿no, padre?

-Así es. -le contestó Obago- Está muriéndose el jefe del enkang, y están todos a la espera. Ni siquiera los niños tienen la algarabía normal. Se están preparando para el luto.

-Entonces, ¿qué hacemos nosotros aquí?

-Tranquilo, Makutule. Ya lo verás. Tú quédate junto a mí, y no pierdas detalle de todo lo que yo haga.

Maasai con su maza y su túnica roja. Fotografía de Rita Willaert

Obago y Makutule alcanzaron la puerta del enkang. Allí les esperaba un maasai, con su maza en la mano, vestido con la túnica a cuadros rojos. Tras los saludos rituales a Obago, les dirigió a una de las chozas. En el pequeño trecho, Makutule se sorprendió al cruzarse con la mirada triste de dos o tres niños. El resto de las personas que veía, estaban en la entrada de sus chozas, con un semblante serio.

Obago y Makutule se introdujeron en el interior de la choza seguidos por el maasai. Una vez que sus ojos se adaptaron a la penumbra que reinaba en el interior, pudieron ver la figura de un hombre tendido en un jergón. Se trataba de un anciano, como se podía adivinar por su pelo cano y las arrugas de su cara. Su mirada estaba clavada en un punto fijo del infinito.

-Aún respira. Por lo demás, creemos que ya ni oye, ni ve, ni siente.

Quién había hablado era el maasai que les había acompañado todo el tiempo.

-¿Eres tú el principal maasai del enkang después de tu padre? -preguntó Obago.

-Sí. Yo tomaré el mando cuando él muera. -respondió- Espero haberte avisado a tiempo.

-Lo has hecho. -le contestó Obago- ¿Sabes que vas a hacer una gran labor para toda la nación Maasai?

-Mi padre y yo siempre nos hemos sentido orgullosos de ser maasais, y de serlo hasta el último momento.

-¿Quieres estar presente? -le preguntó Obago.

-¿Es doloroso?

Ampollas de viruela.
-No lo notará y es muy sencillo. Es sólo pinchar las ampollas.

-Entonces, estaré presente. -el semblante del maasai reflejaba seriedad y determinación.

Obago procedió a sacar una calabaza pequeña, junto con una espina de acacia. Los tres, Obago, Makutule y el hijo del moribundo se acercaron al anciano, el cual no movió un solo músculo. Obago comenzó el procedimiento. Con mucha delicadeza retiró la piel de cabra que cubría al anciano; acercó la boquilla de la calabaza a las ampollas que veía tenían mayor cantidad de pus, y las pinchó con la espina de acacia en un punto de tal forma que, al salir el pus, cayera sobre la boca abierta de la calabaza. Así, de manera meticulosa, fue recorriendo todas las partes del cuerpo del anciano que estaban al alcance, pues decidió no moverlo. Makutule y el maasai, hijo del moribundo, veían cómo Obago recogía delicadamente el pus de las ampollas en la pequeña calabaza, y cómo, pacientemente, iba de una parte a otra para no dejar un resquicio de piel sin inspeccionar.

Espina de Acacia karoo

Cuando Obago dio por terminado el procedimiento, había pasado bastante tiempo, y el sol estaba alto en el horizonte. Al salir de la choza, los rayos del astro rey les cegaron durante unos breves instantes. Una vez recuperados, Obago y Makutule fueron despedidos por el hijo a la entrada del enkang, e iniciaron su camino de vuelta a casa. Poco tardó Makutule en preguntar.

-De todas formas no lo entiendo. ¿Para qué queremos el pus de las ampollas? Es un moribundo. Le ha podido la enfermedad. ¿De qué nos sirve?

Obago sonrió. Esperaba la pregunta. Y le gustaba la forma directa en que la planteaba Makutule. Al muchacho le gustaba hacer las cosas sabiendo la explicación, no le bastaba con una simple afirmación o un simple "porque sí". Sabía que esta vez lo iba a tener más complicado para explicárselo.

-Porque con el pus del moribundo evitamos la enfermedad mortal. -dijo simplemente Obago.

-¿Qué? -preguntó Makutule incrédulo- ¿Cómo va a ser eso?

-¿A qué parece una barbaridad?

-De entrada, sí.

-Pues más barbaridad es lo que vamos a hacer con este pus. -Makutule le miró con semblante inquisitivo- Haremos arañazos en los brazos de los que no los tengan hechos antes esos arañazos y los untaremos con pequeñas cantidades de este pus.

-¿Cómo?

-Lo que me recuerda que tú no lo tienes hecho todavía. -dijo Obago divertido.

-Ni loco. -soltó Makutule en ese momento.

-Tranquilo. -intentó sosegar Obago a Makutule, que se había puesto a negar con la cabeza- ¿No quieres saber cómo funciona?

El muchacho había perdido toda la curiosidad. Obago, viendo que no se tranquilizaba, se paró y le señaló una marca en su brazo.

Cicatriz que dejaba la vacuna de la viruela

-Mira. Aquí está mi señal. Aquí me lo hicieron a mí. Soy uno de los primeros que lo recibí.

El muchacho se acercó a mirar.

-Tú... fuiste...

-¡Sí! Uno de los primeros. Y gracias a ello, aquí estoy. Ahora, ¿quieres saber cómo funciona?

Makutule seguía mirando la marca. Se había quedado embobado. Obago le sacó de su ensimismamiento.

-¡Vamos! ¡Makutule! ¡Qué te lo tengo que contar! ¿Quieres ser laibón o no?

El muchacho respondió de inmediato.

-¡Sí, sí! ¡Cuentámelo!

Y durante el resto del camino Obago le explicó la forma en que, al usar el pus de un enfermo agonizante, la enfermedad que se provocaba en la persona sana era mucho más leve, casi como una gripe y que, al pasarla, habían comprobado que la forma grave de la viruela, la que era capaz de matar a un hombre sano, ya no les atacaba. Hablando de todo esto, alcanzaron su enkang, rayando el atardecer africano.

Atardecer en Maasailand. Fotografía de Robert Mark