martes, 7 de junio de 2016

LCP XXV: LA ESTÉTICA DEL PUEBLO KARO


Queridos amigos de "La cultura de los pueblos". Veíamos en la última entrada dedicada al pueblo Karo, cómo el joven Molu conseguía saltar los cuatro bueyes, tal como mandaba el ritual en el pueblo Karo, en su etnia, y de esta forma obtenía el rango, el estatus, de adulto, de persona madura. Y junto a él, todo el poblado lo celebraba. Pero dejemos por un momento disfrutando al joven con su recién conseguido nivel social y pasemos a hablar de algo que, si hemos sido un poco avispados, hemos podido observar en las distintas fotos que han ido apareciendo en las entradas correspondientes a este pueblo: su estética.


Los Karo se caracterizan por presentar una manera muy representativa de adornarse el cuerpo. Su pintura es ornamental y simbólica, y se realiza en los rostros y en los cuerpos, a veces cubriendo casi por completo toda la superficie de la piel, sin dejar ni un minúsculo poro de la misma libre de color. Nos podemos encontrar en ellos desde finos detalles muy elaborados, realizados con gran cuidado con los dedos, y que destacan por su belleza y armonía; hasta toscas pinturas, extendidas con las palmas de las manos, en las cuales más parece que les hayan dado brochazos de pintura para cubrir el cuerpo, sin ningún tipo de finalidad, que el que hayan intentado realizar algún tipo de dibujo ritual.


Cuando los dibujos son más delicados y finos, suelen cubrir la zona de la cara y el pecho, y se muestran de forma orgullosa al resto de los individuos de la aldea. Combinan varios colores: el blanco que lo obtienen del yeso de los terraplenes de la zona, el negro que lo sacan del carbón, y el amarillo ocre y el rojizo a partir de minerales que suelen encontrar en zonas cercanas a la orilla del río Omo. Sin embargo, el usado con más profusión, y por el que suelen ser más conocidos, es el blanco, con el que suelen ocupar la mayor parte de su piel.


martes, 24 de mayo de 2016

LCP XXIV: LA CELEBRACION DEL RITO "PILLA" DE MOLU (2ª parte)


El joven Molu estaba preparado para ese día. Se había ejercitado durante mucho tiempo en los riscos, al lado del río, saltando de una a otra de las rocas, salvando las distancias que había entre ellas, de cresta en cresta de las piedras que remarcaban el borde del río Omo, el cual transcurría al lado de su poblado. También se había entrenado con los troncos caídos que se podían encontrar en los bordes del bosque ribereño, con sus ramas retorcidas. 


Pero su padre siempre le había avisado que no era lo mismo saltar sobre algo inerme, algo quieto, que sobre un animal, sobre un ser vivo, que estaba en continuo movimiento, aunque estuviera sujeto por alguno de sus compañeros. Por ello Molu también ensayó con alguna de las cabras que tenía su padre. Los pobres animales, al sentir el peso del muchacho encima de su cuerpo, habían salido corriendo y balando espantadas, y Molu había terminado con sus huesos por los suelos con gran regocijo por parte de su grupo de amigos. Cuando lo vio su padre, sacudió la cabeza y le volvió a decir:

-Hijo, cuando aprenderás. Una cabra no es un buey. Nunca se está lo suficientemente preparado. No te obsesiones.-y, sonriendo, le daba un pequeño pescozón en la cabeza. 

En su interior, sin embargo, su padre se sentía orgulloso de la tenacidad y entrega del muchacho. Sabía que lo lograría. Por eso dispuso los medios para que la ceremonia se celebrara de forma pronta, sin escatimar en gastos. No pudo obtener prestados, como era lo habitual, los bueyes de los Hamer; no al menos para la fecha que quería realizar el rito de la pilla. Se decidió, por tanto, comprarlos a los Dassanetch, que era otra de las formas que tenían los Karo de obtener dichos bueyes para la ceremonia. Y el día había llegado.

Cuando Molu salió de la choza, del ono, se vio rodeado de las jóvenes del poblado que con sus cánticos y bailes le agasajaban. Es la manera que tienen en la tribu Karo de desear buena suerte al muchacho en la pilla. Molu se sintió algo aturdido, con tanto ruido ensordecedor, pues al cántico había que sumarle el ruido de los collares, pulseras, brazaletes, de los que pueden colgar distintos tipos de campanillas, y toda clase de abalorios que provocan un ruido que hacía que el jolgorio atronara los oídos del joven Molu. A éste le vinieron a rescatar sus compañeros y entre enfrentamientos verbales, más fingidos que reales, se fueron dirigiendo al lugar dónde se iba a celebrar la pilla. Conforme Molu se acercaba al lugar, iba olvidando el ambiente que le rodeaba e iba notando como el temblor que le había nacido en el estómago se convertía en nudo y éste ascendía hacía la garganta.

De pronto los vio frente a él. Había cuatro bueyes. Eran cuatro cebúes, con sus gibas y sus cuernos característicos. Estaban preparados, juntos. Sólo quedaba alinearlos. Para ello era necesario que él se preparara, diera la señal de estar listo. Ya no oía todo el griterío de su alrededor. Se había congregado casi todo el poblado. El pilla era el principal acontecimiento del pueblo, y solía acudir toda la gente. Molu sólo tenía la mente puesta en su reto: saltar los cuatro bueyes.

Lentamente, se fueron colocando en fila. Costado junto a costado. Molu se deshizo de todo lo superfluo. Tenía hasta cuatro intentos, y conque lo consiguiera una vez era suficiente. Miró el lomo del primer animal. Levantó el brazo. Dio un paso atrás y comenzó la carrera. Saltó. Uno, dos...al tercer salto se le resbaló el pie entre el lomo del tercer y cuarto buey. Los compañeros le sujetaron. Había fallado. La algarabía aumentó. Miró a su padre. Éste le mantuvo la mirada, serena, con una leve sonrisa.


Volvió al punto de partida. Fijó su vista en los lomos de los animales. Arrancó la carrera, saltó. Uno, dos...y se escurrió. Esta vez en el segundo animal. La algarabía disminuyó, y un rumor de desencanto planeó por el lugar. Molu bajó la cabeza. Estaba avergonzado. Dio la vuelta. Casi no quería, pero volvió a mirar a su padre. Éste le miraba de forma serena, y le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, manteniendo la sonrisa. Molu se le quedó mirando.

Llegó al punto de salida. Seguía mirando a su padre. De pronto, le comprendió, le devolvió el gesto de asentimiento, y se dispuso a saltar sobre los bueyes. Miró el lomo del primero y emprendió la marcha. Uno, dos, tres, cuatro. Un grito de cientos de voces llenó el cielo africano. Molu lo había conseguido. Todos le estaban abrazando. Todos le felicitaban. Ya había subido de estatus. Ya era un adulto. Un hombre. Molu miró a su padre. Éste se acercó a él. Y los dos se fundieron en un abrazo.



martes, 17 de mayo de 2016

LCP XXIII: LA CELEBRACION DEL RITO "PILLA" DE MOLU (1ª parte)


Queridos amigos, nuestro viaje de hoy no sólo se va a circunscribir a un espacio determinado, el suroeste de Etiopía, el valle del río Omo; no sólo nos vamos a introducir en la vida y costumbres de un pueblo que habita las orillas más fértiles de dicho río, el pueblo Karo; sino que, además, vamos a realizar un viaje en el tiempo. Vamos a acompañar a nuestro protagonista, el anciano Molu, al que conocíamos en entradas pasadas, en uno de los momentos más importantes en la vida de un varón karo: la ceremonia del "pilla". ¿Qué es el pilla? El pilla es la ceremonia de iniciación en el que el joven karo adquiere el estatus de miembro de pleno derecho en la sociedad karo. Pero dejemos que el relato protagonizado por Molu sea el que nos guíe.


Molu notó como la luz comenzaba a entrar entre el entramado de troncos que formaban la pared del "ono", de la choza que pertenecía a su padre. Poco a poco, conforme iba iluminándose la estancia circular, Molu iba intentando desperezarse, desembarazarse del poco sueño que aún le quedaba. Sonrió. ¡Sueño! Se había pasado la mitad de la noche en vela pensando en el acontecimiento de ese día. Le había dado tiempo a repasar muchas escenas de su vida. Los recuerdos le venían a saltos. Unos detrás de otros.


Ono (choza) vivienda karo, junto al cobertizo para la estación seca


Uno de ellos, de los más tempranos en su vida, era cuando jugaba frente al ono, frente a la vivienda, en un cobertizo que tenía su padre, y que usaban en la estación seca para dormir. Allí revolvía los pocos utensilios que tenía su madre, le escondía cosas, le tiraba otras, se reía, y su madre le reprendía. Pero su sonrisa siempre podía con ella. Y la reprimenda nunca pasaba de una voz más o menos alta y un amago de golpe, que no llegaba a materializarse. Otra de sus travesuras era jugar con las termitas, cuando sus padres y otra gente del poblado trataban de exterminarlas. Las termitas solían dañar los ono, sus chozas, por lo que había que renovar los troncos de las paredes dos veces por año. Al niño le gustaba observarlas, sobre todo a las termitas soldado. Sus amplias cabezas con las enormes tenazas le dejaban boquiabierto. Molu sonreía al recordar esos ratos.

Después le llegaron los recuerdos de más mayor, cuando ya era un niño preguntón. Así se lo decía su madre. Su padre en cambio, siempre le contestaba. Y siempre le llevaba consigo.
-Padre. Eso que tenemos al principio de la casa, ¿qué es? -y el padre contestaba.
-Eso Molu, se llama "mulda". Es un armazón de troncos en forma de Y donde colgamos distintas cosas. Rabos, orejas y hasta las pezuñas de los búfalos. Se hace de una manera distinta según cada familia. Sirve para distinguirnos unos a otros.
-Pero padre, hay también una a la entrada del poblado.
-Esa sirve para distinguirnos como clan. Hay muldas que son familiares y muldas que pertenecen al clan.-y Molu quedaba satisfecho de aprender algo nuevo.


Un día que Molu estaba paseando con su padre llegaron a un extremo del poblado. Allí había un terreno cuya entrada estaba señalada de forma especial y ante la cual el padre de Molu se paró.
-Padre, ¿por qué paramos?
-Porque no podemos pasar.
-¿Y por qué no? -Molu estaba en esa edad en que los niños se vuelven insistentes en sus cuestiones. Su padre se arrodilló frente a él, fijó sus ojos en los suyos y le dijo:
-Molu, ¿ves este sitio que hay aquí? -el niño miró fijamente el lugar.
-Sí, padre.
-Pues bien. Se trata de un espacio sagrado. Se llama "marmar", y solamente pueden entrar los adultos de nuestro pueblo que estén casados. Aquí se ofician las ceremonias más importantes.
-Entonces, ¿yo no puedo entrar? -preguntó Molu con un tono de decepción.
-No, Molu, hasta que no seas adulto y no estés casado, no.-la respuesta de su padre fue firme. El niño le miró a los ojos y le dijo:
-¿Y cómo se consigue eso? -su padre se rio a carcajadas.
-No te preocupes Molu. No te preocupes. Ya te llegará.

Molu, en el ono, ese amanecer, ya sabía cómo se conseguía hacerse adulto. De hecho, se iba a hacer adulto a través de la ceremonia de ese día.

Pero vamos a dejar que sea en la próxima entrada dónde veamos cómo Molu alcanza el estatus de madurez dentro del pueblo karo. Hasta ese momento, queridos amigos, nos vemos en la red.

martes, 10 de mayo de 2016

VERSOS TERAPÉUTICOS PARA MUJERES QUE NO SE AMAN de Mayte González Gallego


Siempre es agradable leer poesía. En los tiempos que corren, con la velocidad, las prisas, la ansiedad, los agobios; es bueno pararse, reservar cinco o diez minutos de tu tiempo y leer por el simple placer de leer, de escuchar la palabra bien escogida, unida una a otra como los ladrillos de una bella obra arquitectónica.

Mayte González Gallego
Si esa obra poética proviene además de alguien auténtico y sin ningún tipo de artificio, que es capaz de plasmar un sentimiento común a todo un género, y consigue alcanzar una calidad que no tiene nada que envidiar a ninguna de las plumas actuales, es de agradecer. De agradecer porque no viene respaldada por ninguna firma comercial ni ningún marketing potente. Sólo pretende ser una gota más de agua en ese inmenso mar que constituye la literatura actual.

Y, sin embargo, es una obra poética con un cuerpo. Nos muestra cómo una persona puede levantarse, crecer y madurar. A pesar de su título, no va dirigido solamente a mujeres. Va dirigido a cualquier ser humano que no se cree lo suficientemente digno para amarse. Si fuera su caso, léalo. Verá cómo se dará cuenta que la dignidad del ser humano radica, precisa y sencillamente, en serlo.

La autora de este libro ha nacido en el mismo pueblo en que nací yo. Somos amigos desde hace bastantes años. Y, aunque conozco su valía, nunca pensé que me encontraría con un talento así dentro de mis amistades. Para aquellos suspicaces lo he de confesar: es amiga y paisana mía, no es mi prima, a pesar de que compartamos apellidos. Pero el realizar esta entrada se debe a la gran impresión que me ha causado su obra. Os dejo a todos la presentación que se realizó de la misma en Madridejos. Desde el minuto 28 comienzan las lecturas de fragmentos de la obra, para los que no queráis ver el vídeo entero. Espero que su fuerza narrativa y poética os atrape como hizo conmigo. Y disfrutéis de ello.


martes, 3 de mayo de 2016

LCP XXII: LA RELACIÓN DE LOS KARO CON SUS VECINOS


Queridos amigos de "La cultura de los pueblos", y del pueblo Karo. Dejábamos en la entrada anterior a nuestro orgulloso abuelo Molu con su nieto entre los brazos, acurrucado, mirando el firmamento y soñando con el momento en que sus antepasados descubrieron las orillas del río Omo, ese río en el cual está transcurriendo toda nuestra aventura desde finales del año pasado.

Mosca tse-tsé
Molu nos contaba que cuando bajaron los Karo con su ganado al río Omo, en busca de los pastos que allí crecían de forma tan abundante, comenzó a ocurrirles una tragedia. Ellos, que se habían trasladado para que sus ganados crecieran mejor y más fuertes, engordaran y fueran más suculentos tanto para el consumo propio como para la venta a los grupos étnicos vecinos, vieron como sus reses, tal como lo describe Molu, morían presas de una enfermedad que las diezmó. Esta enfermedad es la nagana, producida por la mosca tse-tsé, que en el hombre provoca la enfermedad del sueño. La nagana es similar en características clínicas a la enfermedad del sueño, sólo que se da en animales. Y eso fue lo que hizo desaparecer la cabaña ganadera de los Karo, y lo que les obligó a hacerse agricultores y a aprender a cultivar el sorgo, el maíz y las judías.

El joven Karo nos mira desde las orillas del Omo
Esta economía agrícola es completada con la apicultura, para acompañar todos los beneficios de la miel a una dieta que sería demasiado pobre si sólo se basara en los cultivos que obtienen de las tierras ribereñas del Omo. Porque la pesca era tabú hasta hace muy poco tiempo. Se vieron obligados por las últimas sequías, que llevaron a malas cosechas, a romper ese tabú. Aún así, la pesca solamente la pueden realizar los solteros jóvenes, y después de ella deben pasar por un rito de purificación. Con la caza ocurre algo similar, no llegaba a ser tabú, pero también estaba limitada por sus costumbres.

Pero hoy quiero hablarles de la relación del grupo Karo, que recordemos no suman más de 1.000 individuos, con sus vecinos. Algo muy importante para un grupo humano si quiere sobrevivir, sobre todo al ser tan pequeño, es mantener buenas relaciones con sus vecinos. Y así les ocurre a los Karo con los otros dos pueblos vecinos suyos: los Hamer y los Dassanetch. 

Varón Hamer preparando a un joven para la fiesta del salto de la vaca

Los Hamer, de los cuales habla Molu en la historia que le cuenta a su nieto, con los que compartían tierras en las lejanas montañas, se encuentran situados al norte y al este del emplazamiento del pueblo Karo. Su relación con ellos se basa en lazos familiares y alianzas guerreras. También entre ellos el comercio y el intercambio de bienes es fluido. De ellos obtienen cabras y ovejas junto con los productos derivados de las mismas, a cambio de las cuales les entregan cantidades de maíz y sorgo.

Ceremonia Dimi de la etnia Dassanetch 

Con los Dassanetch, que están situados al sur, la relación se puede calificar como mucho más estrecha. De hecho, los Karo los consideran como "los hermanos" que decidieron ir más hacia el sur, siguiendo el cauce del río Omo. Tanto es así que el conflicto entre ambos pueblos es "tabú", no existe. Muy difícilmente habrá ni tan siquiera un conato de discusión entre miembros de ambas tribus.

Pero existen otros pueblos, otras tribus con las que los Karo no están tan cómodos. Más bien se llevan bastante mal. Se trata de los Mursi y los Nyangatom. Las relaciones entre estos dos últimos y los Karo son conflictivas en la mayoría de las ocasiones y en muchas ocasiones han llegado a enfrentamientos abiertos, que en los últimos tiempos han empeorado con la aparición en el escenario del valle del Omo de las armas de fuego. Uno de estos enfrentamientos ocurrió en 1993 y se debió a la disputa de unas tierras arables, fértiles, en el margen occidental del río Omo.

Como vemos, el enfrentamiento entre estos pueblos se debe a una de las necesidades básicas del ser humano: la alimentación. Y suele enfrentar a dos modos de ver la vida, el pastor nómada y el agricultor sedentario. Pero esto daría lugar a otro tipo de reflexiones. Nosotros nos quedaremos en la orilla del río Omo, acompañando a Molu y disfrutando de la noche en este rincón perdido, aunque ya no tanto, de África.

Río Omo desde Kortcho (poblado Karo),

Hasta la próxima entrada, queridos amigos. Nos vemos en la red.