miércoles, 17 de septiembre de 2014

LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

El domingo pasado, se celebró en varios pueblos de nuestro país una fiesta que se refiere a uno de los símbolos más importantes, por no decir fundamental de la religión cristiana. Tanto es así, que se trata de una celebración que no se circunscribe a los santos canonizados desde la Sede Apostólica Romana. Se celebra también dentro de la Iglesia Ortodoxa. No se trata de celebrar la vida de ninguna persona o personaje histórico a lo largo de estos últimos 2.000 años. Se trata de la fiesta denominada de Exaltación de la Santa Cruz.




Es una fiesta que, por diversas razones, la tengo un cariño especial. Pero dichas razones no vienen aquí al caso, pues a lo que me quiero referir es al trasunto cultural cristiano de la misma.

Si dejamos que nos expliquen esta fiesta, harán hincapié en los aspectos teológicos, sobrenaturales o escatológicos de la misma. Pero yo me quiero ceñir más bien a su origen.

Porque si buceamos en el origen de dicha fiesta, nos encontramos unas historias que podrían ser la base, y de hecho en algunos casos lo son, de importantes libros de éxito de ventas.


Todo comienza allá por el s.III de nuestra era. A principios, concretamente. El Imperio Romano se encuentra debilitado por luchas entre distintos líderes que quieren hacerse con el trono imperial. Acaba de pasar la gran persecución de Diocleciano contra los cristianos. La última, y quizá la más sangrienta que haya realizado el Imperio Romano. Es más peliculera la de Nerón, llevada al cine multitud de ocasiones por razones que no vienen aquí al caso. Pero Diocleciano extiende la persecución por todo el Imperio, no sólo por Roma, como ocurrió con la de Nerón. A pesar de ello, no consigue "extirpar" el mal cristiano que está dañando y socavando el imperio. O, al menos, es lo que él cree.


Tras su muerte se sucederán una serie de emperadores que intentarán extender su poder por todo el vasto imperio, y ocurrirán luchas civiles entre los partidarios de uno y otro candidato al cetro imperial.

En este estado de cosas, una joven, algunos señalan que era princesa britana, otros que pertenecía a la nobleza iliria (los actuales Gran Bretaña, y Croacia), se casa con un alto oficial de las legiones romanas. Tiene un hijo con él, le llaman Constantino y queda a su cuidado mientras el oficial se dirige a dirimir los distintos enfrentamientos que se suceden en las fronteras del imperio. Poco a poco la va olvidando y ella queda relegada a un segundo plano.

Por azares del destino, al cabo de un largo tiempo su hijo se convierte en general de las legiones romanas y augusto, siendo uno de los candidatos a la tiara imperial. Se enfrenta a su enemigo Majencio y le vence en la batalla del puente de Milvius, a las afueras de Roma. Corría el año 312.

Una vez que Constantino asume el poder de todo el imperio, hace traer a su madre con él, pues ésta vivía en retirada de forma más o menos forzosa en Iliria y decide la construcción de la capital oriental del Imperio: Constantinopla.




Esta mujer, ya avanzada en edad, madre de Constantino, es Elena. Santa Elena. La artífice del "descubrimiento" de la cruz donde estuvo clavado Jesús de Nazareth.

Santa Elena, que había dejado de lado los cultos paganos, y que había abrazado el cristianismo, decidió, a pesar de su avanzada edad, aproximadamente setenta años, realizar una peregrinación a la tierra donde habían ocurrido los hechos que narraban los Evangelios.
No se conocía el paradero de la cruz. De hecho, 300 años separaban el momento del ajusticiamiento de la investigación que se llevaba en ese momento. A pesar de ello, un judío de Jerusalén, llamado Judas (y que sería recordado más tarde con San Judas Ciriaco), dijo a la Emperatriz y sus colaboradores que conocía donde se encontraba el escondite del Santo Madero.
Santa Elena y su equipo de excavaciones encontraron tres crucifijos, en vez de uno, correspondiendo, como puede comprenderse, los dos sobrantes a cada uno de los dos ladrones que fueron crucificados junto a Jesús, tal como está escrito en el Evangelio. Al no saber cuál sería la Cruz de Jesús, se decidió acercarlas a una moribunda que yacía cerca, para ver si alguna obraba el milagro de curarla. Con las dos primeras no pasó nada, pero al sentir el tacto de la tercera cruz, la desahuciada se levantó diciendo: “¡Dios mío! ¡Estoy curada!”; con lo que supieron cuál era la que correspondía a Nuestro Señor.
Entonces, Santa Elena dispuso que la Cruz se dividiera en tres partes, para que pudiera ser venerada tanto en Roma como en Constantinopla y Jerusalén, desde donde se ha ido dividiendo hasta nuestros días. La Emperatriz y su hijo, Constantino el Grande, encomendaron entonces la construcción de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, para que fuera custodiada una tercera parte del madero y pudiera ser venerada por todos aquellos que así lo quisieran.

Hasta aquí la historia del descubrimiento de la Cruz. Y el lector pensará, bien el 14 de septiembre se conmemora esto. Pues no es así. Aparte de los datos legendarios, como encontrar justamente tres cruces, que no estuvieran carcomidas por el tiempo, y que una de ellas sanara a una moribunda y las otras dos no, aún no estaba tan extendido el culto a objetos. Nos encontramos en los principios del cristianismo y hasta este momento, bastante han tenido los seguidores de Cristo con contarse de forma oral su tradición, desarrollar ciertos conceptos y procurar no sucumbir a las distintas persecuciones que de forma regular se producían en el Imperio Romano.

Todo esto ocurría en el año 320. Trescientos años más tarde, en el 614, Jerusalen es invadida por las tropas del Imperio Persa, Cosroes II saquea la ciudad y se lleva el trozo de cruz que quedaba en Jerusalen, colocándola bajo los pies de su trono, como manifiesto de su desprecio ante la fe de sus enemigos.

Poco le durarían a los persas las conquistas de Cosroes. Jerusalen será recuperada, y el 628, el emperador bizantino Heráclio consigue recuperar la Santa Cruz y el 14 de septiembre de ese año entra triunfalmente en la Ciudad Santa con Ella. Sin embargo ocurre algo que recogerán las crónicas como prueba de la autenticidad de la Cruz que habían arrebatado a los persas.





Según manifiesta la historia, al recuperar el precioso madero, el emperador quiso cargar una cruz, como había hecho Cristo a través de la ciudad, pero tan pronto puso el madero al hombro e intentó entrar a un recinto sagrado, no pudo hacerlo y quedó paralizado. El patriarca Zacarías que iba a su lado le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargando la cruz por las calles de Jerusalén. Entonces el emperador se despojó de su atuendo imperial, y con simples vestiduras, avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo hasta dejar la cruz en el sitio donde antes era venerada.


Ahí se veneraría hasta un día aciago para los ejercitos cruzados de los reinos latinos de Levante, en 1187. La batalla de Hattin. En la batalla de Hattin, los generales cruzados creyeron que pararían a Saladino con la exposición de la Veracruz y esta se perdió para siempre, pero eso es otra historia.





Fuentes: Catholic.net; aciprensa.com; infovaticana.com; webcatolicodejavier.org


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